Mi vida de niña, fue muy penosa, pero no por eso he dejado de ser feliz, y es que mi carácter inquieto y alegre borraba y aún hoy sigue haciéndolo, ese lado triste de mi existencia.
Mis padres, personas de situación precaria, sin instruir, eran bondadosos y sensibles, y con ello suplían todas las carencias que la economía no podía saciar: llenaban de amor cada una de nuestras escasas comidas, y llenaban del fuego de cariño cada una de nuestras frías noches. El malestar que dejó la Guerra Civil nunca dejó de surcar las caras de mis padres: tuvieron que criar animales y sembrar en tierras ajenas granos y verduras para podernos facilitar una sencilla comida, sin ningún tipo de variación, e igual de idéntica cada día. Recuerdo, porque la vida se compone de miles de recuerdos, que alrededor de nuestra mesa, más bien en un rincón, media docena de personas esperaban a que termináramos de comer para ellos compartir lo sobrante. Se me partía el alma y se me encogía el estómago, pero al final, igual por el espíritu de supervivencia de los humanos, comía sin más, sólo necesitaba saciarme. Siempre, entre comida y comida, y cada día, cuando ya casi estábamos acabando, aparecía una anciana que vivía sola, cubierta la cabeza con un pañuelo, con una carita de amargura que daba pena. Mamá le tenía reservada su ración, y ella, como siempre, le hacía una reverencia para darle las gracias, compungida, llena de tristeza, pero tremendamente agradecida.
Por ser la mayor de tres hermanas, tenía unos deberes que cumplir. Uno de ellos, bajar dos veces por semana al Puerto donde vivían mis abuelos en una finca. Iba a a buscar el gofio que ellos molían en gran cantidad para ayudar a aquellos hijos más necesitados. Todavía hoy tengo la imagen grabada en mi memoria, y me acompañará cada día de mi vida: bajaba por el camino desde la Casa Quemada hasta los Taranjales volando, haciendo giros por medio de la carretera-por aquel entonces no había vehículos, pero sí muchos mulos-, iba inmensamente feliz, y sólo por una razón: porque me encontraría con mi abuelo.
Nuestra casa-no sé cómo decirlo, porque tenía dos- :la que estaba rodeada de plataneras, y cerca del mar, me fascinaba. Sobre todo en invierno, ya que los fines de semana siempre procuraba arreglármelas para bajar, en aquellos crudos y fascinantes inviernos en los que retumbaba la tempestad contra el barranco. A mí, inocente y atrevida, me parecía un cántico, mientras que a los demás les sobrecogía, oir los truenos en medio de aquellas dos paredes naturales que parecía emparedarlo. Y los relámpagos me parecían los mejores de los fuegos artificiales. El barranco nos proporcionaba no sólo la satisfacción de contemplarlo, sino que nos traía leña. La apartábamos de entre las aguas, la dejábamos secar, y la usábamos para cocinar; y allí, con su cachimba, al calorcillo del fuego, mi abuelo me miraba ensimismado, encantado de contemplarle. Es una imagen que aún perdura en mi memoria y que me acompaña a través del tiempo. Es la imagen de amor infinito, de la ternura desmedida, del desvelo, de la proyección de la vida.
Ir al Puerto, para mí, lo era todo. Era también estar al lado de la naturaleza: aquellos campos salpicados de amapolas, frutales, … Los saltamontes y las mariposas embellecían el paisaje. Y yome embelezaba de tal manera que perdía la noción del tiempo.
El corral se encontraba en la parte posterior de la casa. Me encantaba cuando el perro aullaba a las gallinas que picoteaban los suelos, y que sólo se tranquilizaban momentáneamente cuando el gallo fanfarrón y desdeñoso desfilaba por su caldo con la cabeza tiesa, igual que un gran señor de esos tiempos de antaño, de los que percibíamos en las novelas. Me gustaba coger los huevos de las gallinas cuandos estas se subían a los palos, y el sol derramaba sobre ellas su bendición. Estaban calentitos, como recién sacados de los hornos, irradiando vida….
Me acercaba a la puerta del camino, y desde allí podía observar la intensidad del mar. El espectáculo que nunca cansa: siempre igual y siempre diferente, sobre todo en las noches cerradas, cuando los barcos de pesca irradian su foco movible e intermitente. Su chorro de luz era igual que un pincel que dejara sobre la superficie de la mar una mancha de plata refulgente.
Con mi perro jugaba por los alrededores. Ese gran compañero que saltaba, corría y me obligaba a perseguirle y que cuando inadvertidamente me acercaba al borde del muelle, se detenía y aullaba con fuerza como diciendo, ¡Cuidado!, y después se echaba nuevamente a correr alegremente.
Adoraba a mi abuelo. No sólo por lo cariñoso que era, sino también porque me comprendía. Era la única persona que me acariciaba y me demostraba amor. Cuando ponía su mano sobre mi cabeza, yo la sentía tierna y firme a la vez, cerraba los ojos e intentaba saborear aquel momento lleno de sensibilidad, lleno de una infinita y perpétua intercomunicación que siempre estuvopresente entre nosotros.
Nadie me demostró jamás su afecto como él. Por eso yo siempre lo quise, porque nuestra relación era de un cariño recíproco, en el que ni tan siquiera eran necesarias las palabras. Un mero gesto era suficiente.
Era una inventadora. Y siempre estaba pensando en la próxima travesura. Mi tía ponía cara hosca cuando la visitaba y decía:- ¡Ya viene la loca! Y yo disfrutaba cuando veía a su hija emperifollada, y cogía un puño de tierra y se lo volcaba encima. Ella nadaba en su ataque de histeria hasta que su madre llegaba para salvarla. Después de aquello tuve que estar sin aparecer por esos contornos mucho, pero que mucho tiempo, porque mi prima cuando me veía era como si viera al diablo: comenzaba a gritar, a berrear, y a dar patadas,… ¡Un infierno!
Mi abuela era áspera. Me negaba siempre alguna golosina que me regalaban, e incluso las ocultaba en su refajo. Pero recuerdo que un día, compró unas rapaduras de miel y las puso entremedio de dos colchones de paja de su cama. Ese era su defecto. Le encantaban las golosinas, y había pasado tantas necesidades, que no había aprendido más que a saciarse ella sólo. Pero ese día yo fui inmensamente feliz, porque sentí que había tenido su merecido. Se olvidó de retirarlas, y al día siguiente, con sus ciento y pico de kilos las había derretido. Yo me reí tanto que mi abuelo para evitar una riña me cogió de la mano, y me quitó fuera. Nos sentamos los dos frente al mar. Él con la cabeza erguida, como si mirase el cielo y no el agua.
- El firmamento y el mar están muy azules, le digo.Su vista no alcanzaba ya por aquel entonces mucha distancia, y como siempre, me preguntó: -¿Hay muchos barcos en el mar?-Niguno abuelo. Todo está como muerto.-Sin embargo–me explica–¡cuánta vida oculta! Mira al cielo, -¿no ves las gaviotas volar? ¿No ves debajo de las piedras cangrejos? Todo parece muerto y, sin embargo, todo es vida. La vida siempre sigue, siempre subyace, siempre está ahí. Somos nosotros los que nos vamos, los que la dejamos. Le dí un beso, y él, no se me olvida, apoyó su mano sobre mi hombro.
Recuerdo también un día, que al cruzar la caleta venía una mujer hacia mí con un ramo de rosas, y me dijo:-Tú eres como una flor que acaba de nacer y ha abierto sus pétalos a la luz.
Nunca pude olvidar aquellas frases. Y hoy, con la perspectiva del ayer siempre presente en mi memoria, puedo entender aquella expresión. Yo quería asimilarlo todo muy rápido. Mis ojosparecían cámaras con que quería retener todas y cada una de las imágenes que visualizaban; mis oídos, quería grabar todos y cada uno de los sonidos que percibían. Estaba ávida, y eso se notaba.
Mi abuela, era todo lo contrario a mi abuelo. Su carácter fuerte y su rudeza llegaban a asustar. Y su desconfianza rayaba la enfermedad. Siempre estaba contanto el dinero que guardaba en la faldriquera.
Cuando nuesta vecina más cercana, una señora muy educada en su comportamiento venía a visitarnos, yo la observaba casi embelezada. Me gustaba su charla fluida y su amabilidad.
Cuando se marchaba, yo siempre le hacía notar a mi abuela sus maneras exquisitas, y ella mecontestaba enfadada, como llena de celos,-Pero tiene al marido durmiendo en el sótano. ¡Tan buena y tan fina! Si no quiere al marido, al menos que lo respete.
Inmediatamente corría a su casa, atravesando los plátanos, y lo registraba todo, como buscando algo…que jamás encontraba. Yo siempre le reprochaba a mi abuela su conducta poco caritativa. Ser correctos es una de las virtudes más cristianas. Mi abuelo, siempre queriendo poner paz entre ambas, me decía constantemente,-Ella te quiere. Quien nos aconseja y corrige, no quiere.”
También me decía, entre otras tantas cosas, que la caridad debe hacerse únicamente por amor a nuestro semejante; y que hacer el bien con la esperanza de recibir otro a cambio, no es caridad sino negocio…
Me acercaba al mar. Subía el Time, y a media altura, miraba su fondo tornasolado. Ya en aquella altura notaba como se me dilataban las aletas de mi nariz, y comenzaba a gozar con la respiración de la brisa salobre. Sobre todo en la época de las mareas vivas, en las que, aunque el mar comenzaba su reflujo, las olas golpeaban con fuerza en los cantiles. Desde allí arriba, recuerdo oir voces profundas. Me acercaba al borde del acantilado que conforma el Time, el mirador natural por autonomacia de mi gran y pequeña isla, y veía a hombres que estaban buscando lapas en las grietas de las rocas. Y todavía hoy me recorre el escalofrío al pensarcomo aquellos hombres trepaban por las peñas como las arañas por los muros.
Se jugaban la vida para ganar unas perras. Iban arrancando pacientemente los mariscos sin cuidarse de los batientes de la mar, que la mayoría de las veces les llenaban su cuerpo de espuma. Se les notaba que sufrían mucho: Mojadas sus ropas, sus manos llenas de cortaduras…Ofrecían su mercancía a cambio de algo. Toda la mañana en constante y flagrante peligro parapoderse llevar un par de monedas a casa. ¿Tan poco vale la vida de una persona? Bajé el Time casi a la par que aquellos hombres acabaron de lapear. Me regalaron unas pocas de lapas. No pude comerlas. La sal de los moluscos me parecía sal de lágrimas, y dejándome llevar comencé a llorar.
Adoraba a mi abuelo. No sólo estábamos unidos por vínculos de sangre, también era mi amigo.Era mi respaldo, ese apoyo tan necesario en la vida de una adolescente. Con él me iba por aquellos campos verdes, la mayoría sembrados de platanales, que parecían una masa de espuma sobre un mar de esmeraldas, y me perdía entre sus historias y cuentos de la infancia.
Algunas noches, después de cenar, mi abuelo me entretenía contándome episodios de su mocedad. Ambos nos transportábamos a esos momentos: él bajaba de Argual, pueblo colindante, a enamorar montado en un caballo ¡como un príncipe! Y yo me preguntaba cómo dos personas tan dispares, mi abuelo y mi abuela, se amaban. Nunca encontré la respuesta hasta hoy. Creo que las almas nobles, como la de mi abuelo, apenas necesitan de nada para ser felices. Si nos diéramos cuenta de que a veces la felicidad de los demás reside en nosotros, seríamos más bondadosos con nuestros semejantes.
A la mente se me viene las palabras sabias de mi abuelo, ahora que reflexiono: me decía que la caridad no consiste solamente en dar dinero o comida, porque hay muchos necesitados que ni precisan del uno ni de la otra. Quieren más un poco de cariño, y no concedérselo es un pecado,porque hay muchos que sufren, y no siempre es por hambre.
Me estoy dando cuenta de que no he hecho más que elogiar a mi abuelo. Mis ojos se enternecen cuando pienso en él, cuando percibo que no le hicieron falta ni estudios ni centros de enseñanza para encontrar esa vereda sana y sabia que radica en que nadie nos fabrica nuestra felicidad, porque la verdadera felicidad está en nosotros mismos. Vida activa, amor a todo, conciencia tranquila. ¡Eso es lo verdaderamente importante en la vida!-
¡Qué gusto respirar este aire!
- ¿Verdad, abuelo?”
El mar es un paisaje, también un sentimiento.”